
Nadie cree de sí mismo que sea una mala persona.
Ni el dictador más cruel, ni el asesino más despiadado. Todos tienes sus propias razones.
Sin embargo todos sabríamos nombrar, sin ninguna duda, al menos, media docena de “malas personas”. Y no me refiero a asesinos en serie, si no a personas, de nuestro propio entorno, con una escala de valores muy baja.
Es curioso, pues probablemente, todos tenemos claramente definido el bien del mal, desde esa edad iniciática que se fecha alrededor de la primera comunión. Luego, con el tiempo, hemos inventado el consabido “depende de las circunstancias” para, en muchos casos, buscar una autoabsolución y poder seguir pensando que somos buenas personas, débiles a veces, movidos por el destino u otros conceptos etéreos. Que como excusas, no están mal, pero no hay quien se las trague.
Sin dudar de que la cultura juega un papel fundamental en nuestro entorno, tomar decisiones, acordes a dónde, cómo y qué vivimos es una ardua tarea, que acabará siendo la línea fundamental entre la doble moral o ser fiel a nuestros principios, unos principios que no deberían estar fundamentados en conceptos etéreos.
Y que conste que me llevo la piedra recogida en el bolsillo.