
Llega el solsticio y es inevitable el inventario y balance de este otro año que tacho.
El año comenzó abriéndose como una flor que ,equivocada, florece en invierno. Está destinada a morir antes de hora y no ver la primavera.
A pesar de los cuidados, las palabras y la brisa del mar, se dejó caer sobre la tierra.
El cálido viento del verano me llevó a una isla, como un presagio.
La vieja Europa me volvió a conquistar.
Y luego, la caída. La permanente caída. El invisible fondo, como un abismo infinito.
Alicia intentando agarrarse a las raíces. Los gatos riendo, los conejos que llegan tarde, los sombrereros locos a la hora del té, del no-cumpleaños eterno.
Pensé que me esperaba la muerte, una teórica, metafórica, una peor que la cierta.
Para volver a la vida un orfebre judío eslabonó mi nombre en antiguos signos sobre un fondo de miel y canela.
Así llegué al 37 solsticio de mi vida.
Ya puede volver a alargar el día.
P.D. Es increíble. Es mi cumpleaños. Acabo de despertarme y la ciudad está blanca y cayendo una nevada considerable...